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Página 1 de 4 Si hay una palabra que pueda definir el suroeste de la República Dominicana, ésta es “autenticidad”. Pocos lugares en todas las Antillas representan como éste de una forma tan completa la esencia del Caribe. La forma de vida que aquí tiene lugar apenas ha sido contaminada por el turismo. Precisamente porque el turismo que aquí se practica es el de esos viajeros, principalmente europeos y norteamericanos, pero también dominicanos y de otras nacionalidades, que saben integrarse en el entorno, mezclarse con la gente autóctona, compartir con ella unos días relajados y empaparse de esta cultura antillana viva, popular, que parece resistir el paso del tiempo. Tal vez la palabra tiempo podría ser la segunda alusión más acertada al hablar de la región, aquí el tiempo pasa despacio, el que tenga prisas mejor que no venga, aquí hay que saber contagiarse de la calma con la que todos se toman la vida. Las provincias de Barahona, Pedernales, Baoruco e Independencia representan el espíritu dominicano que en otras zonas del país se está diluyendo, según unos para bien y según otros para mal, como consecuencia del incipiente desarrollo económico y de la difusión cultural que el turismo de masas trae consigo. Son innumerables los encantos y los parajes de interés que aquí se pueden encontrar. Quizá el principal interés de los viajeros es el Lago Enriquillo, el mayor de todas las Antillas. Sin duda se trata de algo que no se puede dejar de visitar. Además de su rotunda belleza, en su perímetro se hallan importantes atractivos, por ejemplo, Las Caritas, enclave donde podemos contemplar interesantísimos petroglifos precolombinos, posiblemente incluso pretaínos, aún sin descifrar; la fauna: el Cocodrilo Americano, la Iguana Rinoceronte, la Iguana Ricord, con sus bellos ojos rojos, que es exclusiva del suroeste de República Dominicana (isla Cabritos, sur del Lago Enriquillo y zonas del Parque Nacional Jaragua), y que desgraciadamente se encuentra en grave peligro de extinción, el Flamenco Americano y otras 50 especies de aves; las varias piscinas naturales de aguas sulfatadas, el desierto de Neiba que constituye un paisaje único en esta parte del planeta donde lo normal es una frondosidad desbordante, los pueblos de La Descubierta, precioso, Jimaní con su maravilloso mercado haitiano que se ubica ya en territorio de Haití pero al que puedes acceder sin problemas y sin necesidad de realizar ningún trámite aduanero, Duvergé que es tal vez el que conserva una mayor armonía arquitectónica, y los innumerables “campitos” o pueblitos minúsculos en los que casi siempre te apetece pararte y saludar a la gente y jugar con los niños y compartir un rato entrañable. Si tomamos dirección Pedernales, son muchísimos los lugares de interés. En primer lugar las playas, y por citar algunas: San Rafael, donde hay que pararse a comer un pescado, y donde además de la playa existen varias piscinas naturales que se encuentran en la parte final del curso del río, a los autóctonos les encantan y se bañan en ellas durante todo el día y parte de la noche, Los Patos, bellísimo paraje en la desembocadura del río del mismo nombre, éste también es un lugar especialmente recomendado para comer un delicioso Chillo u otro pescado de la zona como el colorado, el pargo, el dorado, etc. Desde luego Los Patos es imprescindible por la sensación de calma, de paz, que se tiene. Aquí realmente se ha detenido el tiempo, hay que sentarse sin ningún afán más que el de contemplar la selva, el río, el mar, la gente que disfruta ajena a toda preocupación. Las minas de Larimar, piedra semipreciosa única en el mundo. Paraíso, pueblo que hace honor a su nombre y que es de parada obligatoria.
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